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Vuelta a casa

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Después de cenar, la pequeña Linda se tomó su vaso de leche caliente. Luego, como si se tratase de un elaborado ritual, fue a la cocina y tras unos minutos salió con una bandeja, donde llevaba tres vasos de vino y un gran surtido de pastas. La dejó con cuidado en la mesa del salón, al lado del árbol de navidad.

A los pies de la escalera, papá y mamá observaban la escena con atención.

— ¿Es para los Reyes Magos?, preguntó mamá

— Claro, los pobres vendrán agotados si tienen que recorrer todas las casas del pueblo.

— ¿Te acordaste de enviar la carta? Ya sabes que sin ella no habrá regalos.

La niña asintió con una mueca, como si la observación de su madre fuese lo más obvio del mundo. Los padres rieron divertidos.

— ¿Y qué has pedido este año? —quiso saber papá, movido por la curiosidad.

— Solo una cosa, que vuelva Héctor.

Papá y mamá intercambiaron una mirada de preocupación.

—Pero cielo —dijo mamá con voz dulce—, ya sabes que tu hermano está muy lejos. No va a poder venir.

— ¿Está luchando contra los malos?

— Sí, luchando contra los malos, cielo.

— Pero me lo prometió…

— Lo sé, cielo, pero no depende de él.

— Yo sé qué vendrá —insistió la niña cruzando los brazos y arrugando el ceño—. La señorita Cecilia siempre dice que Navidad es la época de los milagros.

— Está bien, señorita—intervino papá intentando sonar despreocupado —, es hora de irse a la cama. O si no, no habrá regalos para nadie.

Cogió en brazos a Linda, que no protestó, y se la llevó escaleras arriba hacía su habitación. Una vez en la cama, papá y mamá la arroparon juntos, le cantaron una nana y le dieron su beso de buenas noches. Cuando la niña se durmió, mamá tomó a papá de la mano:

—Alguna vez habrá que contárselo…

Papá la abrazó.

— Lo sé, cariño, pero aún es muy pequeña, no lo entendería.

Y así abrazados se fueron hasta el dormitorio, donde pronto cayeron presa de un sueño intranquilo.

Fuera arreciaba la tormenta de nieve, la primera de ese invierno. El blanco había alfombrado las aceras ocultando pisadas y los carteles de las calles. Pero a Héctor no le hacían falta señales

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